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Por qué nadie que vive en el Aramburu se quiere ir de Rivadavia

El barrio más grande de San Juan cumple más de 40 años con 1.214 viviendas, una identidad que venció estigmas y una pelea histórica por su nombre que llegó a la Legislatura.

Por qué nadie que vive en el Aramburu se quiere ir de Rivadavia

El Barrio Aramburu, en Rivadavia, no es solo un conjunto habitacional: es uno de los proyectos de vivienda más grandes de San Juan y, según sus propios vecinos, uno de los más grandes de Latinoamérica. Con 1.214 viviendas distribuidas en 32 manzanas y 45 hectáreas, albergó en su momento a más de 7.000 personas y sigue siendo, cuatro décadas después, el lugar del que casi nadie quiere irse.

Las primeras familias llegaron en 1983, durante los últimos meses de la dictadura, cuando el IPV entregó las primeras unidades en una ceremonia formal el 16 de julio de ese año. El proyecto se desarrolló en tres etapas y llegó con asfaltado, iluminación de mercurio halogenado y red eléctrica subterránea, todo un lujo para la época.

Augusto «Tato» Pérez Garro, vecino desde fines de 1984 y ex presidente de la Unión Vecinal, lo recuerda así: «Fueron 1.214 viviendas dentro de un mismo complejo. Las casas y departamentos venían de 3 y 4 dormitorios con dos baños, listos para habitar, con mosaicos, cocina y calefón Orbis. Fue algo extraordinario para su época».

Lo que hizo único al Aramburu fue su mezcla social. A diferencia de otros barrios del IPV donde se agrupaban familias por gremio o nivel de ingresos, acá convivió todo: «En un segundo piso te podía tocar un vecino de la Capital y, al lado, una familia del interior que llegó en la mudanza trayendo gallinas y armando un horno de barro en el balcón del monoblock», contó Tato entre risas.

Marcelo Miranda llegó hace 40 años, con 13 años, cuando el obrador todavía funcionaba frente a su casa. Hoy sigue viviendo ahí y no lo cambiaría: «Fuimos creciendo juntos, nosotros y el barrio. Tenemos toda una vida acá». Entre sus recuerdos más vivos están los partidos de fútbol entre áreas y los carnavales con bombitas de agua entre los monoblocks. También menciona con orgullo que del barrio salió el «Coneja Díaz», jugador sanjuanino nacido en el Aramburu.

Susana Fernández llegó en 1985, adjudicada en el noveno sorteo del IPV. Viajó nueve veces a España a visitar familia y las nueve veces volvió: «A mí me tira el Aramburu». Fue ella quien durante años abrió su casa a los chicos cuyos padres trabajaban todo el día. Hoy, los nietos de esos mismos chicos le patean el portón.

El barrio tiene escuelas primaria y secundaria, Comisaría 27°, Registro Civil, parroquia María Madre de Dios, centro de salud, cajero automático, farmacias y un centro cultural con cine. «Estás a 15 minutos del centro y tenés todo a la mano», resumió Marcelo.

Hace más de 16 años, Tato y otros vecinos transformaron la Unión Vecinal en club, con colores verde y blanco en homenaje a Sportivo Desamparados, y pusieron en el escudo el plano urbano del propio barrio. «Pasamos de que los chicos dudaran en decir dónde vivían a que llevaran el escudo del Aramburu en el pecho con orgullo cuando salían campeones».

El nombre también tuvo su capítulo polémico. El proyecto original se llamaba Complejo Habitacional Andino Mercedario, pero las autoridades de la época habrían condicionado el financiamiento a que llevara el nombre del militar Pedro Eugenio Aramburu, quien encabezó la dictadura de 1955 y fue asesinado por Montoneros en 1970. En agosto de 2012, un proyecto para cambiar la denominación llegó a la Legislatura provincial. Los vecinos salieron a frenarlo: juntaron firmas y aseguraron que más del 80% de los habitantes quería mantener el nombre. «El nombre ya trascendió la barrera del personaje y pasó a ser propiedad de cada uno de los vecinos», dijo una vecina en aquel momento.

El Aramburu sigue de pie. Y sus vecinos, como siempre, sin planes de irse.

Fuente: Tiempo de San Juan · 1 de noviembre de 2026

Fuente: Tiempo de San Juan

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