Rosana Ferrarini murió en San Juan después de nueve años conviviendo con Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), una enfermedad neurológica progresiva que destruye las neuronas motoras y va apagando el movimiento del cuerpo. Sus restos son velados en Pocito, en una despedida que lleva su sello hasta el final.
Su familia difundió el anuncio con una indicación precisa, identificada como «A pedido de Rosi»: que nadie asistiera de negro y que no enviaran coronas. Un último gesto que resume cómo Rosana eligió transitar su enfermedad: sin rendirse al protocolo del dolor.
Hace tres años, Rosana y su hermana Luci abrieron las puertas de su casa a este medio para contar su historia. En esa entrevista quedó retratada como una mujer coqueta, sociable y muy familiera. Antes de que aparecieran los primeros síntomas, se dedicaba a la estética —uñas, maquillaje, masajes— y también trabajaba ad honorem como auxiliar de enfermería, ayudando a pacientes sin cobrar un peso.
Todo cambió en 2014, cuando empezó a tener dificultades para hablar. Después vinieron los problemas para tragar, la pérdida de fuerza en piernas y brazos, y la consulta con especialistas en San Juan, Córdoba y Buenos Aires hasta llegar al diagnóstico definitivo. En 2017 debió someterse a una gastrostomía y una traqueotomía. Desde entonces, su casa en Pocito se fue adaptando: internación domiciliaria, médica terapista, kinesiólogas y cuidadoras que se turnaban para acompañarla.
Luci la describía como el motor de la familia. «Siempre fue muy independiente, ni siquiera la ELA la hizo cambiar. Rosana es una maestra», dijo en aquella charla. Y contaba que era ella quien organizaba las juntadas, decidía el menú y daba instrucciones a quienes trabajaban en la casa, todo a través de un tablero de comunicación que su cuidadora Sofía interpretaba.
Desde ese tablero, Rosana también dejó un mensaje para otras personas con ELA: «Tengan proyectos cortos y disfruten la vida. Ella es el motor».
Su historia buscaba visibilizar una enfermedad que, según su hermana, todavía es desconocida para muchos en la provincia. La cobertura médica, el acompañamiento profesional y el sostén familiar fueron los tres pilares que le permitieron vivir nueve años con dignidad y con carácter.
«Disfruten cada día. El amor es el motor», fue la reflexión que compartió su familia en aquella entrevista. Con su partida, esas palabras pesan diferente.
Fuente: Tiempo de San Juan · 1 de noviembre de 2026
Fuente: Tiempo de San Juan