El aceite de oliva es el único aceite comestible que ha demostrado reducir de forma significativa la grasa en el hígado, según reportes de la Fundación para el Estudio de las Hepatitis Virales (FEHV). La evidencia surge de estudios clínicos que lo vinculan con mejoras concretas en personas con esteatosis hepática, una afección asociada a la mala alimentación, la obesidad y trastornos metabólicos.
En una de las investigaciones reseñadas, 32 pacientes con hígado graso siguieron durante tres meses una dieta con aceite de oliva, mientras que 34 personas consumieron aceite de girasol. Los resultados favorecieron al primer grupo, con menor acumulación de grasa hepática y reducción de grasa corporal total.
Qué cantidad se recomienda y qué otros beneficios aporta
Otro ensayo clínico incluyó a 43 pacientes con dieta baja en calorías. Parte del grupo incorporó aceite de oliva virgen extrafino (tres cucharadas soperas diarias) y el resto no. Según la Clínica FEHV, quienes lo sumaron registraron descenso de enzimas hepáticas (transaminasas) y una pérdida promedio de 3,45 kilos.
Además del impacto sobre el hígado, la FEHV señala que el consumo regular ayuda a reducir el colesterol LDL sin afectar el HDL, lo que implica un beneficio cardiovascular adicional. Otros estudios también compararon el aceite de oliva con los de soja o cártamo, con resultados similares a favor del primero.
Especialistas recomiendan que el cambio en el tipo de grasa alimentaria se integre a una estrategia más amplia: dieta equilibrada, actividad física y seguimiento médico. En algunos casos, también se menciona la incorporación de hasta tres tazas de café al día como parte de un abordaje integral. ¿Puede un cambio cotidiano en la cocina modificar el curso de una enfermedad crónica? La evidencia actual apunta en esa dirección, aunque siempre bajo supervisión profesional.



