¿Callarse también es hablar? En política, muchas veces sí. Y el silencio de Patricia Bullrich durante las primeras 48 horas del escándalo de Manuel Adorni habló a gritos sobre el estado de la alianza gobernante.
La ministra de Seguridad, que nunca necesitó permiso de nadie para opinar, no tuiteó ni posteó ni salió a defender al jefe de Gabinete. Todo lo contrario a lo que hizo cuando el caso Espert: en esa oportunidad fue la primera en exigir explicaciones y casi pedir que bajara de la lista. Esta vez, nada.
Cuando el escándalo ya era imposible de ignorar, llegó “la orden de El Jefe” desde Estados Unidos: a bancar a Adorni. Y así lo hicieron, aunque nadie dentro del círculo oficial realmente lo considera el verdadero jefe de Gabinete con autoridad real.
Analistas y periodistas señalan que el silencio de Bullrich es una señal clara de la tensión que existe entre ella y Karina Milei. La ministra conecta con el electorado libertario mejor que muchos, y eso la hace poderosa… pero también incómoda para quienes conducen el armado desde adentro. En este gobierno, callar puede ser tan revelador como gritar.



